jueves, 23 de mayo de 2013

La creación del Instituto Salomé Ureña


Corno todas y todos sabemos, el tres de noviembre de 1881, Salomé Ureña fundó, junto con Eugenio María de Hostos, el Instituto de Señoritas Salomé Ureña, una "floración" (según Emilio Rodríguez Demorizi) de la Es­cuela Normal formada por Hostos en 1880.
El Instituto continuaba los esfuerzos de am­bos por "formar un ejército de maestros que, en toda la República, militara contra la ig­norancia, contra la superstición, contra el cretinismo, contra la barbarie, como maes­tros de la verdad y verdaderos iluminadores al camino del bien" (Camila Henríquez Ureña: 131).
El Instituto formó tres promociones de maestras (1881-1893) y llegó a ser, según frase de Hostos:
"el alma de una gran mujer hecha institu­ción, y, que al hacerse conciencia de la mujer dominicana, puso en favor de la obra de bien la voluntad, primero de todas las mujeres de la República, y la conciencia, después, de la sociedad entera".
Que el Instituto era algo más que un centro de educación superior lo confirma el emocionado testi­monio de Eugenio María de Hostos:
"Gracias a la sinceridad de su enseñanza y al cariño realmente maternal como trataba a sus discípulas, formó un discipulado tan adicto a ella y a sus doctrinas, que bien puede asegu­rarse que nunca, en parte alguna y en tan poco tiempo, se ha logrado reaccionar de una ma­nera tan eficaz contra la mala educación tra­dicional de la mujer en nuestra América Latina y formar un grupo de mujeres más in­teligentes, mejor instruidas y más dueñas de sí mismas, a la par que mejor conocedoras del destino de la mujer en la sociedad". (Camila Henríquez Ureña: 136).

Según Don Emilio Rodríguez Demorizi, Salomé Ureña fundó el Instituto de Señoritas como un adiós a sus ilusiones juveniles de poetisa y patriota (algo que su producción poética, ya siendo directora del Instituto, refutaría) y para, con Hostos, aportar "el empuje que le falta al progreso cuando el primer ini­ciado en sus ventajas no es la mujer". (Demorizi: 5).
Es interesante que Demorizi vea en este proceso un "adiós" a las ilusiones juveniles de poetisa y pa­triota y no una llegada, o una encarnación de esas ilusiones juveniles en algo concreto: el nacimiento del Instituto, del cual fueron sus primeros profeso­res la Sta. Valentina Díaz, José Dubeau, Emilio Prud'Homme y Francisco Henríquez y Carvajal.
El poeta Gastón Deligne, citado por Emilio Rodríguez Demorizi en su libro Salomé Ureña y el Instituto De Señoritas, lo recuerda en versos vibran­tes:
iFue un contagio sublime; Muchedumbre de almas adolescentes la seguía al viaje inaccesible de la cumbre que su palabra ardiente prometía!
El 17 de abril de 1887 se realizó la primera investidura de maestras normales compuesta por Leonor María Feltz, Luisa Ozema Pellerano, Merce­des Laura Aguiar, Altagracia Henríquez Perdomo, Ca­talina Pou y Ana Josefa Puello, a quien fue encomendada la tesis de orden: "La educación de la mujer."
El Instituto se elevó a categoría de Escuela Nor­mal de Maestras y las egresadas fueron escogidas e inmediatamente incorporadas al magisterio. Esta es­cuela normal funcionó hasta diciembre de 1893, es decir seis años, cuando por dificultades económicas causadas en gran parte por presiones políticas tuvo que cerrar. Más tarde reaparecería, el 7 de enero de 1896, esta vez dirigido por las hermanas Luisa Ozema Pellerano y Eva Pellerano Castro, cambiando su nom­bre al de Salomé Ureña en septiembre de 1897.
Don Emilio Rodríguez Demorizi afirma que más de dos centenares de señoritas se graduaron de maestras normales y casi todas ganaron diplomas universitarios, proveniendo la mayoría de las profesoras de la capital.
En esta escuela, o Instituto, Salomé Ureña reco­gió "el legado de las angustiosas aspiraciones civiles renacidas en 1873, al término de la dictadura baecista de los seis años", los cuales resurgieron con la pre­sencia de Hostos entre 1875-76 y luego entre 1879-1888. Salomé aspiraba, por consiguiente, a que la mujer "no fuese simple intelectual ni frágil espejo de virtudes, ni letrada romántica, sino mujer armónicamente preparada para formar en la escuela y el hogar, los nuevos ciudadanos requeridos para el engrandecimiento de la República".

En el Cibao, Salomé Ureña tuvo fieles seguido­ras en Antera Mota, Rosa Smester y la legendaria Ercilia Pepín, quienes también querían hacer de la escuela no un simple taller de instrucción, sino un ac­tivo agente de espiritualidad y de civilidad que se aliara "contra la barbarie de la política regresiva en boga", tan distinta de la platónica definición de nuestro Padre de la Patria Juan Pablo Duarte sobre la política como "la ciencia más pura y la más digna después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles". (Demorizi).

Para cambiar la noción tradicional de la educa­ción de la mujer, Salomé promovía lo que entendía por verdadera cultura, una cultura que según ella abarcaba la dignidad de la conciencia, el cultivo de la mente y la delicadeza de la educación.

Y, es en medio de ese proceso, y para restaurarle a la política su verdadera dimensión, donde surge la patriota Salomé Ureña, de quien afirmara Federico Henríquez y Carvajal que:

"En medio del grito sordo de las pasiones y rencores que se retan a muerte en una lucha dolorosa; en medio de los triunfos de la inmoralidad; en medio de las desgracias de la Patria, una voz poderosa se oye, cuyo timbre en nada revela (prejuicios masculinos de entonces que hay que excusar) la voz de una mujer".

Que Salomé tenía clara conciencia de lo que hacía en y con el Instituto de Señoritas se evidencia en su discurso en la última graduación de maestras normalistas de diciembre de 1893:

"Ya nos parecen comunes estas fiestas del espíritu, y ayer nomás estaba vedada a la mujer en nuestro país toda aspiración fuera de los límites del hogar y la familia".

Y se evidencia en el siguiente párrafo:

"Hay que preparar a la mujer y a la niña para coadyuvar inteligentemente a la Reforma Social que se inicia con el desarrollo de la conciencia. He aquí el problema que hace doce años quise resolver, y al cual he sacrificado mi reposo y no una escasa parte de mi salud."...

"Mi reposo y no una escasa parte de mi salud".

Otra vez el alto precio a pagar por el poder ser, por­que detrás de esos discursos se ocultaba la terrible tristeza de Salomé (hoy corroborada por su corres­pondencia) por un marido ausente en Francia, estu­diando medicina, y cada vez más distante, por la separación de su primogénito y las constantes enfermedades de los hijos, que la agobiaban. Tristezas que el cariño colectivo no compensaba, ni tampoco el tibio mar y el ardiente sol de Puerto Plata, porque la sed de infinito, de conocimiento (la vieja contra­dicción entre la vocación de escribir y lo femenino tal y como ha sido definido desde el comienzo de los tiempos) no se soluciona ni con un hábito religioso ni con un amor juvenil. No se soluciona "congelan­do la libido", como dice Paz de Sor Juana, ni canali­zando a Eros hacia las multitudes, hacia un magisterio que se sustente en la negación de una vitalidad que se nutre no sólo de la libertad; sino también de la plenitud de la vida en todos los sentidos.

Fuente: A cien años de un magisterio (Sherezada Vicioso - Chiqui)

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